Distorsión de la realidad.

La humareda es importante, aunque no tanto como la del año pasado. Poco a poco nos aproximamos más al sitio indicado por la organización municipal para hacer la paella. Por el camino no me canso de ver entre el humo a gente disfrazada para el evento. Veo indias, hawaianos, alguno que otro que va dando la nota, veo gente disfrazada de lanzadores de petanca… No, perdón, era un grupo de abuelos que estaban haciendo tiempo mientras sus hijos preparan la paella.

Llegamos cargados al metro cuadrado designado para esparcir nuestros bártulos. Mientras yo calculaba el cierto grado de desnivel que tenía el suelo de la calle para echar la arena, colocar el trípode y encender la leña, numerosos acontecimientos ocurrían a mi alrededor. Desde los abuelos jugando a la petanca, paellas por los suelos, cámaras y reporteras que no perdían detalle, hasta a gente que iba ya en moto (con el pertinente casco puesto, por supuesto). Coloco la leña perfectamente para que prenda y arda como marcan los cánones de la perfección de los maestros paelleros. La cerveza y la sangría corrían ya por las venas de los presentes. Tan absorto estaba en mi labor culinaria, que no me di cuenta que cuando me disponía a poner la paella con el aceite en el trípode perfectamente nivelado oigo la voz de alguien muy pegado a mi. Pensé que sería alguien que querría colaborar en la elaboración de la paella. Fue entonces cuando giré mi cabeza hacia un lado y veo a una chica alta, rubia y con acento andaluz, que me hablaba casi susurrándome al oído. En esos momentos me daba igual si quería colaborar en echarme una mano con la paella o no. Lo único que ella quería saber era sí yo era el artífice de aquella maravilla y si sería más cómodo ir con otro tipo de calzado al evento, ya que la chica llevaba unas chanclas negras playeras, con los pies prácticamente al desnudo. Le dije que si hacía falta le dejaba las mías, y que sí, sería mejor otro tipo de calzado más cerrado y cómodo. Por lo que la chica acudió agradecida a cambiarse de calzado.

Me doy media vuelta y observo que cuando me dirigía a hacer la paella, estaban allí la prima de un amigo mío y dos amigas suyas, vestidas con pantalones y top negro, y un sombrero blanco, coincidiendo con la vestimenta que llevaba la chica con la que acababa de hablar. Por lo que deduzco iría con ellas. Y así fue.

Unos veinte minutos más tarde, después de haber soportado humo, cámaras de TV, charangas y demás personajes, estaba lista la paella. Habían quedado unas brasas idóneas para hacer una “torrà” de chuletas y choricitos. De todas formas, lo que importaba era la paella, así que cogí los limones que nos habían dado junto con los demás ingredientes para hacer la paella, y con puntilla en mano me pongo a modelarlos para ponerlos en la paella. Una vez posicionados simétricamente en la paella nos dirigimos a nuestra mesa (según la organización) y me posiciono en frente de aquella sevillana que me había susurrado antes al oído.

Durante la degustación de la paella, no pararon de llegarme elogios por lo bien que había salido, sobre todo de Sara, la sevillana. Tan maravillada quedó que le pidió a sus amigas hacerse una foto de recuerdo conmigo y mis amigos. Ella se puso detrás de mi y muy pegada, a su vez. Pero lo mejor vino después, cuando nos quedamos solos ella y yo, y me hizo un bailecito que me dejó loco.

Al rato nos unimos a los demás que estaban bailando junto a una banda de rock que tocaba en un escenario, donde habían tenido lugar dos conciertos en días anteriores. Y no pasaron a penas tres canciones, cuando sin tiempo para reaccionar, se despedía de nosotros, sin más. Esta vez no me dejó loco, sino tocado, ya que después de Mari Luz y Marisa, es una de las chicas que había conocido, que en poco tiempo, me habían llegado tanto.

Quien sabe, Sara, quizás volvamos a encontrarnos.

 

 

 

 

 

 

 

 

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