dic
03

Aquí os dejo unos cuantos consejos, los cuales deberíais seguir si queréis ser felices o más todavía de lo que ya lo sois. Estos consejos sirven para todos; para los buenos, para los malos, para los listos, para los tontos, para los ricos, para los pobres, para los guapos, para los feos, para los hombres, para las mujeres,… incluso para ti, que pasas de todo y piensas que no sirve de nada.

 

  • Comer sólo lo necesario para sentirte bien.
  • Duerme siempre que tengas sueño.
  • Da abrazos, da muchos besos y ríe, porque la vida es alegría.
  • ¡Pide! Siempre habrá alguien que te dará lo que necesites.
  • Olvida lo que ya ha pasado.
  • ¡Deja de preocuparte!
  • ¡No te tortures por tus fracasos!
  • Reza para agradecer y dar gracias.
  • No pierdas el tiempo en discusiones inútiles.
  • En vez de gritar, golpear, agitarte,… canta una canción, date una ducha de agua fría, date un paseo en bici, ves al cine
  • No te metas en la vida de los demás.
  • Cuida de ti mismo, como si estuvieras ocupándote de tu mejor amigo.
  • Expresa tu individualidad (no confundir con ser egoísta ni egocéntrico).
  • Cambia alguna cosa de ti mismo cada día.
  • Habla o escribe algo a las personas que hace tiempo que no sabes nada.
  • Haz lo que siempre has querido hacer, y no has hecho por vergüenza.
  • Equivócate otra vez.
  • Simplifica tu vida.
  • A veces es bueno perder un poco el tiempo.
  • CREE EN EL AMOR.
  • Los grandes amigos no se pierden por pequeñas discusiones. Si se pierden es porque no eran amigos o no eran tan grandes…
  • Hay que saber que, muchas veces, la felicidad del que está a tu lado depende de la tuya.

 

¡QUÉ SEAS SIEMPRE MUY FELIZ!

ago
31

La humareda es importante, aunque no tanto como la del año pasado. Poco a poco nos aproximamos más al sitio indicado por la organización municipal para hacer la paella. Por el camino no me canso de ver entre el humo a gente disfrazada para el evento. Veo indias, hawaianos, alguno que otro que va dando la nota, veo gente disfrazada de lanzadores de petanca… No, perdón, era un grupo de abuelos que estaban haciendo tiempo mientras sus hijos preparan la paella.

Llegamos cargados al metro cuadrado designado para esparcir nuestros bártulos. Mientras yo calculaba el cierto grado de desnivel que tenía el suelo de la calle para echar la arena, colocar el trípode y encender la leña, numerosos acontecimientos ocurrían a mi alrededor. Desde los abuelos jugando a la petanca, paellas por los suelos, cámaras y reporteras que no perdían detalle, hasta a gente que iba ya en moto (con el pertinente casco puesto, por supuesto). Coloco la leña perfectamente para que prenda y arda como marcan los cánones de la perfección de los maestros paelleros. La cerveza y la sangría corrían ya por las venas de los presentes. Tan absorto estaba en mi labor culinaria, que no me di cuenta que cuando me disponía a poner la paella con el aceite en el trípode perfectamente nivelado oigo la voz de alguien muy pegado a mi. Pensé que sería alguien que querría colaborar en la elaboración de la paella. Fue entonces cuando giré mi cabeza hacia un lado y veo a una chica alta, rubia y con acento andaluz, que me hablaba casi susurrándome al oído. En esos momentos me daba igual si quería colaborar en echarme una mano con la paella o no. Lo único que ella quería saber era sí yo era el artífice de aquella maravilla y si sería más cómodo ir con otro tipo de calzado al evento, ya que la chica llevaba unas chanclas negras playeras, con los pies prácticamente al desnudo. Le dije que si hacía falta le dejaba las mías, y que sí, sería mejor otro tipo de calzado más cerrado y cómodo. Por lo que la chica acudió agradecida a cambiarse de calzado.

Me doy media vuelta y observo que cuando me dirigía a hacer la paella, estaban allí la prima de un amigo mío y dos amigas suyas, vestidas con pantalones y top negro, y un sombrero blanco, coincidiendo con la vestimenta que llevaba la chica con la que acababa de hablar. Por lo que deduzco iría con ellas. Y así fue.

Unos veinte minutos más tarde, después de haber soportado humo, cámaras de TV, charangas y demás personajes, estaba lista la paella. Habían quedado unas brasas idóneas para hacer una “torrà” de chuletas y choricitos. De todas formas, lo que importaba era la paella, así que cogí los limones que nos habían dado junto con los demás ingredientes para hacer la paella, y con puntilla en mano me pongo a modelarlos para ponerlos en la paella. Una vez posicionados simétricamente en la paella nos dirigimos a nuestra mesa (según la organización) y me posiciono en frente de aquella sevillana que me había susurrado antes al oído.

Durante la degustación de la paella, no pararon de llegarme elogios por lo bien que había salido, sobre todo de Sara, la sevillana. Tan maravillada quedó que le pidió a sus amigas hacerse una foto de recuerdo conmigo y mis amigos. Ella se puso detrás de mi y muy pegada, a su vez. Pero lo mejor vino después, cuando nos quedamos solos ella y yo, y me hizo un bailecito que me dejó loco.

Al rato nos unimos a los demás que estaban bailando junto a una banda de rock que tocaba en un escenario, donde habían tenido lugar dos conciertos en días anteriores. Y no pasaron a penas tres canciones, cuando sin tiempo para reaccionar, se despedía de nosotros, sin más. Esta vez no me dejó loco, sino tocado, ya que después de Mari Luz y Marisa, es una de las chicas que había conocido, que en poco tiempo, me habían llegado tanto.

Quien sabe, Sara, quizás volvamos a encontrarnos.

 

 

 

 

 

 

 

 

jun
20

Ellos saben todo sobre ti. Dónde vives, qué edad tienes, quienes son tus padres, dónde naciste, qué coche tienes, tus movimientos bancarios, … y cada vez van a saber más de ti, en la era de la informática, los chips de las tarjetas, los móviles, las cámaras de los cajeros, las cámaras de tráfico, por no decir las de vigilancia de las empresas privadas. Pero a pesar de todo esto, en teoría, eres “libre”. No estás en prisión o retenido en contra de tu voluntad. Aunque yo no intentaría evadirme de no pagar impuestos o saltarme alguna de las normas de convivencia por las que se rige este Estado. Bueno, eso ahora, porque una vez en el pasado cometí un acto, que fue archivado sin más por no tener antecedentes.

 

Ahora me hallo en un autobús de línea de la ciudad de Valencia, camino de uno de esos edificios estilo rascacielos, todo lleno de cristales como de espejo, que no permiten ver el interior. Se trata de una entrevista de trabajo para un puesto de directivo de un grupo de trabajo en una nueva empresa implantada hace poco en la ciudad. Se supone que debería empezar desde abajo, siendo un auxiliar administrativo o chico de los recados, sin embargo voy a recibir la formación adecuada para tener a mi cargo a un grupo de personas.

 

En una carpeta llevo mi currículum vitae. Tan solo son dos folios grapados, y porque no me cabía en uno. Hay gente que se empeña en llevar cuantos más folios mejor. Será por parecer más competitivos. Es lo que yo llamo: el “y yo más” que decíamos cuando éramos pequeños. No es que me refiera solo al nivel de estudios o preparación, que es lo que se suele reflejar en un currículum, sino también al tener más amigos, más dinero, haberse acostado con más chicas, haber tenido más novias o tener el coche más caro. Es algo sobre lo que había hablado ya con una amiga que pareció sorprenderse al oírmelo decir, como si le hubiera leído el pensamiento.

 

Casi me paso de parada con tanta reflexión. El día tampoco acompaña. El cielo esta cubierto de nubarrones y parece que sea casi de noche. De todas formas eso no significa que la entrevista me vaya a ir mal. Así que carpeta en mano me dirigo al amasijo de cristales que hay a tan solo unos metros de la parada de autobús.

 

En recepción pregunto por el señor Meketref de recursos humanos de la empresa RBDSA. La chica de recepción no conoce a nadie que trabaje allí con ese apellido. A mi no me extraña nada, la verdad, porque el apellido parece haber sido inventado por alguien … En efecto, es un apellido casi inventado por mi, porque el chico que esta con ella en la recepción, al oir recursos humanos y RBDSA, lo relaciona con don Jaime Ketref, en el penúltimo piso, al fondo del pasillo.

 

Así que me dirijo hacia los ascensores, y un tumulto de gente viene hacia mi desde uno de ellos, que acababa de bajar. Debe de ser la hora de almorzar. Entonces, justo cuando voy a apretar el botón del ascensor de la penúltima planta, oigo unos gritos y una figura corriendo a lo lejos dirigiéndose hacia mi. Pongo el pie de manera que no se cierre el ascensor, mientras veo la figura de una chica que me resulta familiar. Claro, es Desiré. No imposible, hace tiempo que pasa de mi. Además no nos podíamos ver ni en pintura, y recuerdo que le repugnaba el café. Pero eso no viene al caso. Ahora que está más cerca me doy cuenta que es Marisa. Es como si corriera a cámara lenta. En ese momento me daba igual que el día estuviera nublado, la entrevista de trabajo, lo poco que le gustaba el café a Desiré y lo que fuera, porque Marisa está aquí y ahora conmigo en este ascensor rumbo al penúltimo piso del edificio. Ella iba a entregar unos papeles de su trabajo a una amiga suya que trabaja allí. Es la chica que más me ha gustado de un tiempo para acá, y además ella lo sabe. Pero por unas cosas o por otras no ha surgido nada entre nosotros. De repente el ascensor se para entre las plantas nueve y diez. Se ha ido la luz. A penas podemos distinguir nuestras siluetas de no ser por una pequeña lucecita de emergencia que hay en el ascensor. A Marisa no le gusta nada esta situación, no concibe estar encerrada y casi a oscuras, así que pone su cabeza sobre mi pecho y se abraza a mi con fuerza. Ahora que la tengo tan cerca me doy cuenta de lo bien que huele. Su corazón se acelera, el mío también, y eso que todavía no estaba en la entrevista de trabajo. Me quedaría así toda la vida, pegado a ella. Mientras el señor Meketref podía seguir esperando.

 

El resto de cosas que sucedieron en el ascensor no puedo seguir contándolas. Lo único que puedo decir; es que, digamos, empezó a hacer algo de calor dentro del ascensor y la luz tardó más de media hora en volver.

may
28

La ventana estaba abierta. Las cortinas se movían con la suave brisa que entraba por la ventana, mientras la luz del sol entraba con fuerza por las rendijas de mi persiana. Allí me encontraba tumbado bocabajo en una gigantesca cama de matrimonio, con la sábana casi en el suelo, al pie de la cama. Hacia un día maravilloso, así que de un salto me levanté de la cama, me di una ducha rápida y me senté a desayunar aquellos deliciosos  y crujientes cereales, que tanto les gustaban a los niños. Desde el banco central de aquella inmensa cocina, podía contemplar el paisaje que se dibujaba ante mí. La paradisíaca playa de arena blanca, las olas, el sol, los chiringuitos, las chicas en bikini y unos cuantos surfistas, que se hallaban surcando ya, las olas que el viento empujaba hacia la orilla. Salí corriendo de la casa sin una de esas camisas hawaianas que solía llevar puesta casi siempre, cogí mi tabla de surf que estaba clavada en la arena, y al ritmo de los Beach Boys me metí en el agua a coger unas cuantas olas con mi tabla de surf. Conocía desde hacía tiempo al camarero de aquel chiringuito, y era un fan acérrimo de los Beach Boys y de la música reggae en general.

 

Ya en el agua, al principio todo iba bien, me deslizaba por las olas y me metía por ellas como si fueran tubos de agua salada, pero hubo un momento en el que un novato se cruzó en mi camino, y me hizo perder el equilibrio justo cuando estaba bastante cerca de la orilla. Por lo que al caer de mi tabla, fui rodando empujado por las olas, hasta la orilla. Había sido un buen golpe, y estuve un rato tendido en la arena con los ojos cerrados, para evitar la luz del sol. Entonces pensé; que cómo me podía haber pasado eso, si yo lo único que quería era hacer surf tranquilamente, escuchar algo de música reggae, beber Malibú con piña y poco más, tampoco era mucho pedir. Pero de repente, una sombra se posó sobre mi cabeza, y entonces recordé que ayer la predicción meteorológica, no había dicho nada sobre un eclipse de sol o algo así. Abrí los ojos y vi la hermosa mirada de una chica apuntando hacia mí. Parece que me estaba diciendo algo, porque sus carnosos labios se estaban moviendo. Quizás por el golpe, o quizás porque quedé embelesado por su belleza, no me había dado cuenta de que se estaba interesando por mi estado. Cuando por fin pude articular palabra, averigüé que había sido una novata y no un novato la que se me había cruzado mientras hacía surf, antes de caerme. Se disculpó de muy buenas maneras, y me dijo que me invitaba a tomar algo en uno de los chiringuitos de la playa. Yo acepté, pero le dije que ahora no podía ser, porque tenía que irme a trabajar, y si no llegaría tarde. Ella lo entendió. Sin embargo, le dije que podríamos quedar para esa misma noche. A ella le pareció bien, decía sentirse en deuda conmigo. Y una vez concertada la cita, cogió su tabla de surf, y se fue otra vez andando al agua. Me quedé un rato con mi tabla de surf en el brazo, mirando como se metía en el agua. Tenía un cuerpo atlético, y cada una de las curvas que dejaba ver su bikini no las habría hecho mejor un delineante o un arquitecto. Y al ritmo de Shaggy, me di media vuelta y me fui caminando por la blanca arena  a mi casa, camino de mi trabajo.

 

Una vez llegada la noche, salí al encuentro de aquella novata surfista que se había cruzado en mi camino. Había montada una buena fiesta en el chiringuito más cercano a mi casa. La gente bailaba al ritmo de la música. Todo bien, pero entre tanta multitud me era casi imposible encontrar a la chica. Piensas que quizás todo habría sido imaginaciones mías a causa del golpe. Así que me senté en la arena con una piña colada en la mano a contemplar las estrellas con el sonido de fondo de las olas al romper en la orilla. Entonces apareció ella, y con una pajita se bebió lo que quedaba de piña colada. Sonrió y me dijo; que a esa no me había invitado ella. Volvimos al chiringuito, donde me invitó a una nueva piña colada, y me estuvo contando que era hija de un multimillonario, que estaba soltera y sin compromiso, y que había ido allí a aprender surf. Además le encantaban las playas de coral.

 

Llamé al camarero para preguntarle la graduación de alcohol que tenía la piña colada, porque no podía ser lo que acababan de escuchar mis oídos. No podía ser que aquella chica se hubiera cruzado en mi camino, aunque fuera en el agua. Al menos sabía que mucha idea de surf no tenía, y yo podría darle clases. Por lo que, después de sopesar los pros (todos) y los contras (ninguno), decidí darle clases de surf.

 

Estuvimos hablando un rato más hasta que se excusó para ir al servicio. Desde ese mismo instante no volví a saber nada más de ella en toda la noche. Estaba un poco molesto y a la vez preocupado por la forma en la que había desaparecido, pero justo en ese instante, una chica que bebía su refresco justo al lado de la barra donde estábamos nosotros se interesó también por mis clases de surf, ya que no había podido evitar escuchar. Era una chica bastante atractiva también, pero menos que la novata surfista multimillonaria que había conocido esa mañana, así que le dije que ahora no tenía tiempo para pararme a hablar con ella, y me fui directo hacia los servicios a ver si conseguía encontrar a mi futura alumna.

 

Todo fue en vano, ninguna de las chicas que estaban allí haciendo cola era la que yo buscaba. Era algo inexplicable. Aquella playa siempre había sido un sitio tranquilo, sin incidentes de ningún tipo. Entonces me encontré al camarero del chiringuito que salía de los servicios de caballero y le pregunté si sabía algo de la chica que me había invitado antes a una piña colada. Afirmativo, la había visto justo cuando iba a reponer botellines de cerveza en la parte trasera del chiringuito. No me dijo más, así que me fui directamente para allá.

 

Cuando fui a torcer la esquina que daba a la parte de atrás del chiringuito me encontré con lo que menos quería encontrarme, con algo que no podía imaginar después de cómo la había conocido. Había sido algo idílico. Pero ahora se encontraba apoyada en una palmera besándose con un individuo, y yo mirando.

 

Tendría que haber mantenido los pies en la tierra. La chica era multimillonaria, era soltera, tenía un cuerpo de escándalo, y tendría siempre lo que ella quisiera y cuando ella lo quisiera, ya fuera un chico, unas clases de perfeccionamiento de surf, o cualquier otra cosa. Sin embargo, ahora me acordaba de aquella otra chica que estaba en la barra del chiringuito, que era algo menos atractiva que ésta, y a la que ni siquiera hice el más mínimo caso. Pero bueno …yo lo único que quería era hacer surf tranquilamente, escuchar algo de música reggae, beber Malibú con piña y poco más.

may
20

“Hemos quedado a las 22 h. en casa de Juan para cenar. Sangría o cervecitas, música y fiesta.” Eso decía el mensaje, para un sábado noche, el cual iba “rulando” de móvil en móvil. Aunque, bueno… al final íbamos a ser los de siempre; Carlos, Gabi, Juan y yo.

 

La cena era a las diez, se supone, pero Carlos, Gabi y yo, quedaríamos antes para comprar algo para beber… y cenar, por supuesto. Así que nos dirigimos al Popencor más cercano del piso de Juan, y allí llenamos dos cestas-carrito hasta los bordes. Olivas rellenas, papas varias, almendras, choricitos, sangría Señor Simón, vodka Absoluto, vodka rojo, etc, etc. ¡Vámos!, lo típico que se suele comprar para estos eventos… o más. De ahí, nos dirigimos a casa de Juan, que no quedaba muy lejos de allí. Cuando llegamos, tocamos al timbre… nada, que no había contestación. ¿Dónde estaría Juan? o ¿qué estaría haciendo?. Al final, con una perdida a su móvil, logramos oír su voz por el telefonillo; “subir por las escaleras, que el ascensor no va”. Lo que faltaba. Juan vivía en un octavo, y nosotros cargados con dos bolsas cada uno. Antes de llegar, exhaustos, como si hubiéramos acabado de subir el Tourmalet, ya podíamos apreciar el sonido de la música que Juan estaba escuchando. Al abrirnos, nos dijo que le perdonáramos, pero es que estaba hablando por teléfono, y con la música tan alta, no nos había oído. Parece ser, que le había llamado su primo, que podía hacer acto de presencia en el piso, a lo largo de la noche, con su novia y unas amigas de su novia. No tenía mala pinta la noche.

 

Juan se puso a cocinar, mientras Carlos y yo, hacíamos que la sangría Señor Simón, pegase todavía más fuerte de lo que ya pegaba. Solía salir siempre bien. ¿Sería por el azúcar?. No lo sé, pero mientras echábamos unas partiditas a la videoconsola, para ir haciendo tiempo, comenzamos a notar los efectos de la sangría que habíamos preparado. Y lo digo, porque cenamos a la vez que íbamos jugando, aunque alguno casi le pega un bocado al mando de la videoconsola en lugar de a un trozo de pizza. Y es que después de probar aquella sangría, igual sabía mejor el botón X de un mando, que un trozo de pepperoni.

 

Tomando café, y esperando a que me llegara el turno de jugar a la videoconsola, pensaba en una de las amigas de la novia del primo de Juan, que estarían ya a punto de llegar. Las conocíamos de haber coincidido alguna que otra vez antes, y ya me había fijado en ella, y en lo bien que me caía. Me preguntaba si vendría esta vez. Pero pronto saldría de dudas, ya que cuando me vine a dar cuenta, Juan estaba en el telefonillo, abriendo abajo.

 

Tocan el estridente timbre de la puerta de Juan, y pasan su primo con su novia, y sus amigas; Leonor, Sole, Bea y Marisa. Parece que había habido suerte, había venido Marisa, y seguía tan sonriente como siempre, además olía muy bien y me gustaba como había venido de arreglada. Puede ser que no pudiera disimular que me gustaba, y quizás lo hubiese notado pero… ¡qué más da!. Siempre tendría la excusa de la sangría.

 

A medida que avanzaba la noche, el tema de la videoconsola fue decayendo un poco. Leonor, Juan, su primo y la novia de su primo, estaban sentados en la mesa dialogando sobre temas varios, mientras disfrutaban de una copa de vodka, ya sea Absoluto o rojo. Carlos y Gabi seguían con la videoconsola, a la vez que Sole y Bea, preparaban unas copas en la cocina. Yo estaba sentado en el sofá con mi cubata en mano, y muy bien acompañado por Marisa. Era de las chicas más simpáticas que había conocido últimamente, por lo que estuvimos conversando durante bastante tiempo, mientras los hielos se iban deshaciendo en mi cubata poco a poco. No había habido ni un solo momento de tensión, por los silencios que se suelen producir en situaciones como esta, y eso era algo que me gustaba, que me hacía sentir bien. Ella me dijo que si le acompañaba a la cocina a ponerse hielo, ya que en la bolsa que había allí fuera solo quedaba agua. Por supuesto, fui. Allí estábamos los dos solos, Marisa; abriendo la puerta del congelador, como nunca nadie lo había hecho, y yo; completamente anonadado mirando como aquella belleza se ponía dos hielos en su vaso. Mientras se ponía otro cubata, seguimos hablando, recordando anécdotas de noches anteriores, hasta que hubo un momento que ninguno dijo nada. Sólo nos miramos a los ojos durante un momento. Los corazones se aceleraban. Ella se iba poniendo de puntillas a la vez que nuestras cabezas se acercaban… pero justo en ese momento entraban Carlos y Bea a la cocina a reponer sus vasos con hielo. Marisa cogió su cubata, y con una sonrisa se fue directa hacia el salón. Por una parte pensaba; en que mal momento habían llegado Carlos y Bea, pero por otra, me sentía bien. Así que me fui con mucho ánimo, a ver quien me echaba una partidita a la videoconsola. Es como si en esos momentos, me hubieran dado un Res Vull, porque sabía que a Marisa le gustaba yo, y la situación vivida en la cocina podría repetirse en un futuro cercano.

 

Me gustaba que Marisa me animara cuando me tocaba jugar a mí, aunque a veces se ponía a hablar con Sole y con Bea también. A Juan parece que tampoco le iba mal con Leonor, porque no paraba de hablar con ella en la mesa, junto a su primo y la novia de éste. Hasta que, entrada la madrugada, Juan nos propuso ir de fiesta a algún sitio a mover el esqueleto. Total que partimos todos en dos pares de coches. En uno; iban el primo de Juan y su novia, en otro; Carlos y Gabi,  en otro; Marisa, Sole y Bea, y en el otro; Juan y yo. Nos encontraríamos todos en la pista de “pachanga”, POP, comercial, de la discoteca Window. Y dijimos en esa pista, porque la discoteca Window tiene varias pistas además de la ya mencionada. Tiene otra de Remember y otra de Rock.

 

Una vez dentro de la discoteca, y en la pista que habíamos dicho, nos encontramos casi todos. Y digo casi todos, porque aunque fuese algo ebrio, como todos los demás, todavía era capaz de distinguir que estaba Carlos, Gabi, Juan, su primo y la novia de éste. Por lo que estaba algo inquieto y ansioso, ya que Marisa, Sole y Bea aún no habían llegado. Aunque no había por qué preocuparse, porque aparecieron justo por detrás de mí. Marisa me tapó los ojos y me dijo: ¿quién soy?. Sabía que era ella; ¿quién iba a ser si no?. Le invité a pedirnos un cubata, y aceptó. Estuvimos bebiendo, hablando y bailando hasta más no poder. Nos sentamos en esos sofás tan cómodos, típicos de algunas discotecas, y hablamos sobre lo ocurrido en la cocina, riéndonos de cuando entraron Bea y Carlos. No podíamos parar de reír, no sé si por la sangría, por los cubatas o por otra cosa. De repente, parecía no oírse la música, parecía que no había más gente en la discoteca nada más que Marisa. Creo que ella sintió algo parecido. En ese preciso instante fue cuando nuestros labios se juntaron poco a poco, nuestros ojos se cerraron, y nos besamos apasionadamente. Pero había un pitido que no dejaba de repetirse constantemente; ¿qué sería?. Abrí los ojos y le di un toque al despertador para que dejara de sonar. Había sido todo un sueño de una siesta de verano. Pero todavía seguía oyendo un pitido, y eso que ya había apagado el puto despertador. Cogí mi móvil, y efectivamente, tenía un mensaje que decía: “Hemos quedado a las 22 h. en casa de Juan para cenar. Sangría o cervecitas, música y fiesta.” 

 

 

 

may
07

El tiempo pasa inexorablemente para todo el mundo. Es algo que no se puede controlar, como se hace con una marioneta o un coche teledirigido. Sin embargo, es algo que sí podemos medir, tomando como punto de referencia el Sol. De ahí obtenemos los años, los meses, los días, las horas,… ¿lo explico todo?. En fin, que mientras estás leyendo esto, el tiempo sigue pasando para ti. Por eso, no te voy a hacer más perder el tiempo, y te diré algo sobre la justicia. La capacidad de juzgar es algo común que todo el mundo, en sus plenas facultades, tiene. Pero el hecho de tener esta capacidad, también implica juzgar bien o juzgar mal, acertar o equivocarse. Además es algo, a veces, muy relativo, donde aparecen variables como la ética, el entorno, la educación, etc. Por este motivo, tenemos que dar más importancia a la labor que hacen los jueces y magistrados, a la hora de juzgar a alguien. Muchas veces se equivocan, pero porque creo que es algo que no nos compete a nosotros, sino que es una forma de convivencia, en esta sociedad en la que vivimos.

 

Apartándonos del ámbito meramente profesional, y acercándonos más al entorno que nos rodea, podemos observar algunos casos de injusticias, por parte de personas que conocemos. Es el caso de un conocido mío, al que por un error que cometió, y varios intentos anteriores, se le quiere apartar de un grupo de conocidos, al que mensualmente acudía, para poder entablar amistad. Yo pienso, que un error, incluso dos, los que sean, los puede cometer cualquiera. Se trata de un buen tipo, quizás con problemas, y que puede que sea mucho mejor, que otras personas, con más reconocimiento público, más amigos y “gracia”. Pues bien, ya ha habido varias personas de este grupo, que han manifestado su deseo de que, este conocido mío, NUNCA acuda más a ningún evento, a los cuales venía asistiendo con asiduidad. En un principio yo estaba de acuerdo con ellos, ya sea por el “show” que nos montó o por que nos fastidiara un poco la noche. Pero después, reflexionando, con un poco de empatía y tal, pensé que, como ya he dicho antes, cualquiera puede cometer un fallo, un error, en esta vida (“el que esté libre de pecado, que tire la primera piedra”), por lo que hay que saber perdonar, y menos juzgar (“por un perro que maté, mataperros me llamaron”. 

 

 

abr
29

Casi todo el mundo parece tener identificado al prototipo del típico cretino, indeseable o imbécil de turno, que suele abundar en los garitos, antros, discotecas o gimnasios, entre otros. Es decir, que según nuestros prejuicios, a este tipo de gente, le tenemos asignado un “envoltorio” característico. Pero eso no es así. Este tipo de cretinos, se esconde también (sin saberlo ni ellos mismos) en otro tipo de envoltorios. Me explico. Nosotros pensamos lo “capullo” que son los típicos “flipaos” de gimnasio, por ir presumiendo por ahí de los modelitos que se ponen, para así poder lucir mejor sus músculos. Y claro, eso es algo criticable. Sin embargo, en el fondo de la cuestión, estamos criticando que el supuesto “descerebrado” resalta una cualidad adquirida o no (en este caso si) por encima de las de las demás personas. Es por ello, que existen otra serie de personajes, de vestimenta y gustos o preocupaciones bastante opuestas, a los anteriormente mencionados. Son aquellas personas que van presumiendo de su nivel cultural por doquier. Los también llamados “sabelotodo” o los que van de “listo”, que resaltan esta cualidad adquirida; bien genéticamente o bien fruto de la lectura, del estudio o la picaresca, a costa de los demás. Cierto es que son dos formas diferentes de “culturismo”, pero la misma mierda es tanto una cosa, como la otra. Son una burla a la humildad, una oda a la prepotencia, una incitación a la exaltación del ego.

 

No es por nada, pero la hipocresía, el sarcasmo y la ironía, están a la orden del día. Y es que hay gente que dice que es atea, que no tiene ninguna religión. Pero yo creo que pertenecen al protestantismo. Sí, porque es gente, que no para de protestar por una cosa o por otra. Y algunos de estos individuos, que dicen ser ateos, luego se casan por la iglesia o son los que primero se van de vacaciones en Pascua o en Navidad. Y digo “algunos”, porque no todos.

 

En conclusión, que como estamos en una democracia, hay que aguantar la “mierda” de otros. Pero cuando son ciertos “reds” los que tienen que aguantar algún comentario, enseguida surge el enervamiento y el radicalismo.

abr
24

Hace un día de poniente ahí afuera. Él estaba algo inquieto, quizás nervioso, porque sabía que todo tenía que quedar perfecto. El viento silbaba por debajo de la puerta de su casa e intentaba colarse por los resquicios de sus ventanas. De alguna manera, era lo que él pretendía con ella, llegar a lo más profundo de su corazón. De repente, sonaron las campanas que anunciaban las ocho de la tarde. Ella llegaría en dos horas, y no podía fallar nada. Deprisa, se vistió, aún con el pelo mojado, recién salido de la ducha. Un poco de espuma en el pelo, unos toques de buena colonia y listo. Aún faltaban unos pequeños detalles (no por ello menos importantes) por hacer, antes de que ella llegara. Por eso, se dirigió hacia la cocina, abrió la nevera y comprobó que tenía los ingredientes necesarios para hacer una cena ideal. Al mismo tiempo, en el salón-comedor, lucía una mesa espectacularmente “aderezada”, con los cubiertos perfectamente colocados, y tan limpios, que podía ver su rostro reflejado en ellos. En el centro de la mesa habían dos velas de diseño, a juego con el mantel, cuyas mechas esperaban a ser encendidas por primera vez.

 

Eran ya, cerca de las nueve y media. La cena estaba casi lista, cuando algo le sobresaltó. El sonido en cuestión, parecía provenir de su espacioso salón. Era su móvil. En su interior, se preguntaba quien podría ser, ya que casi todos sus amigos sabían que esa noche tenía una cita muy importante para él. Ese mensaje no le daba muy buenas vibraciones; ¿qué sucedería?. Abrió el móvil, (era un móvil con el teclado separado de la pantalla), y leyó el mensaje: “Ola, lo siento muxo pero no voy a poder ir a cenar xq m a surgido un problema d ultima ora. Kizas otro dia. M apetecia muxo. Besos.” Era justo lo que temía. En esos momentos, se sintió destrozado, desilusionado, frustrado, por haber puesto todo lo que llevaba dentro, para que no fallara ningún detalle, para que todo fuera perfecto esa noche. Se asomó a la ventana, miró hacia arriba para comprobar si los astros estaban alineados… Le pareció ver que sí. En fin, esto no podía quedar así, necesitaba el consuelo de alguien, poder decir a alguien lo que le había pasado. Entonces se sentó en el sofá, con el móvil en sus manos, y empezó a escribir un mensaje a su excompañera de piso. Sí, era lo más apropiado en esos momentos, comentárselo a una mujer, que además de haber compartido piso unos meses con él, era amiga de la chica de sus sueños, esa que le había dejado plantado a pocos minutos de la hora prevista. Cuando terminó de escribir el mensaje, lo envió, y esperó impacientemente su respuesta. Ésta no tardó en llegar. El mensaje era corto, ya que decía que no se preocupara, que ahora mismo iba para allá, pero que no sabía cuanto tardaría en llegar. Al leer esto, cogió su gabardina, se puso su sombrero, y salió a la calle a dar una vuelta por aquella maravillosa ciudad, en la que había refrescado un poco. Y es que, claro, su excompañera de piso, había estado viviendo allí, hasta hace poco, y todavía conservaba una copia de las llaves del piso. Por lo que no le preocupaba, salir en esos momentos, además, necesitaba despejarse, dando un paseo por las poco iluminadas y estrechas calles, que le permitían ver, sin embargo, los grandes monumentos, allá en el horizonte,  de una noche de luna llena.

 

Cuando su amiga y excompañera de piso llegó, se quedó maravillada, atónita, sorprendida, de lo que allí pudo ver. Él se había dejado la mesa preparada perfectamente, como si ese mensaje, nunca hubiera llegado a su móvil. La comida estaba servida en la mesa. No se había percatado aún que su amigo y excompañero de piso no estaba allí, ya que había quedado embriagada por todo aquello; el olor de la comida, la presentación en los platos, las velas, … todo estaba perfecto. En ese momento, cogió su móvil, no para llamarle a él, porque no estaba, sino que se le ocurrió la idea, de que de alguna manera, su amiga tenía que ver lo que su excompañero de piso y amigo, había preparado sólo para ella.

 

La verdad es que ella no había tenido ningún problema de última hora, que le hubiese impedido acudir a la cita. Era simplemente, que no sentía la seguridad necesaria para hacerlo. Pero al recibir la llamada de su querida amiga, se presentó allí, antes de que el inquilino del piso, volviera a personarse. Al llegar, quedó maravillada, como ya lo había hecho antes su querida amiga. La comida estaba ya fría, pero eso no importaba ahora. Todo aquel esfuerzo, aquella mezcla de olores y sensaciones, habían logrado conmover su corazoncito. Aquella escena había sido hecha para ella, y ella había despreciado, no sólo lo que allí se veía, sino al autor de todo aquello, el chico que no sólo se había fijado en ella, sino que la quería. Entre lágrimas en los ojos, entró en la cocina, rebuscó entre los cajones, hasta que pudo encontrar una caja de cerillas. La cogió, y fue al salón a encender el par de velas que yacían sobre la mesa. Fue en ese instante cuando él apareció por la puerta. En ese momento, los tres quedaron sorprendidos. Él se quitó el sombrero, colgó la gabardina … y no le dio tiempo a nada más, porque ella, entre lágrimas en los ojos, se abalanzó sobre sus brazos, antes de que pudiera mediar palabra. Él la abrazó también, mientras acariciaba sus largos cabellos. Su amiga y excompañera de piso, le guiñó un ojo, antes de salir por la puerta.

abr
17

El otro día estuve hablando con uno de mis amigos; Jose … Pepe … Chechu … Pep … Pepote … o como queráis vosotros llamarle, pero lo que importa más es lo que me contó. Cuando le vi, no es que estuviera contento, que digamos, más bien algo afligido, por lo que me preparé para escuchar atentamente lo que tenía que decirme, para saber si yo le podía decir algo que le ayudara a sentirse mejor.

 

El motivo por el cual estaba así, era por una chica que le gustaba desde hacía tiempo, y a la que seguía echando de menos. Precisamente esto era lo que más le dolía a mi amigo, ya que ella parecía no echarle de menos, en absoluto. Esto era, entre otras cosas, porque no se acordó de felicitarle el día de su cumpleaños, ni siquiera con retraso, y más sabiendo que a otro amigo nuestro y a mi, si que nos había felicitado nuestros respectivos cumpleaños. Me decía; que si ella le consideraba como un amigo, no veía porque había tanto problema en enviarle un mensaje de felicitación de amiga a amigo, como ya lo había hecho con sus amigos. A mi ya no me extrañaba nada de lo que me estaba diciendo, y le dije que tenía mérito  enamorarse así de un muro de hormigón o de un corazón a prueba de bomba. Ya que la chica, no le había dado ni la más mínima oportunidad.

 

La verdad es que Pepote, Pepe, Chechu, Jose, o como lo queráis vosotros llamar, ya había pasado por situaciones con esa chica que le gustaba, en las que no había sido favorecido. Antes, ella solía salir con nuestro grupo de amigos, casi todas las semanas, por lo que mi amigo estaba muy contento de poder verla y poder estar con ella, mínimo una vez a la semana. Pero desde que le dijo lo que sentía, (a su manera), por ella, dejó de hacerlo, convirtiéndose sus apariciones en esporádicas y en contadas ocasiones a lo largo del tiempo. Esto es algo que nos extrañaba a los dos, ya que mi amigo para nada la había agobiado, acosado o algo parecido. Aun así, él siguió mandando de vez en cuando algún mensaje en forma de e-mail o sms, para ser tomado, una vez más, como “pito del sereno”. Como lo oyen (o como lo leen), la cuestión era en quedar bien, por parte de ella, ya que le decía cosas a mi amigo que luego no cumplía, como: “te debo un café” o “a ver si nos vemos pronto” … En fin, no me gusta que le hagan eso a un amigo, porque no lo merece. Y sin ninguna explicación o conversación aclaradora.

 

Por mi parte, poco más podía decirle, que él no supiese. Y es que tenía que pasar de ella, ya que con las mujeres, es bien sabido que no existe la lógica, ni las matemáticas. También hay que olvidarse de las películas “hollywoodienses” de amor, con muchas escenas surrealistas, que quedan muy bien en la pantalla, pero que distan mucho de la realidad. Y es ahí donde quedarán esas escenas, en las pantallas, como anhelo de muchos solteros y solteras, y quizás también, de parejas y/o casados. 

mar
25

Está claro que el mundo está lleno de gente, además de otros seres vivos y otras muchas cosas. Las personas somos de muy diferentes tipos y clases, ya que aunque parezca extraño, resulta difícil encontrar dos sujetos iguales. Esto se debe a múltiples factores, no sólo los que tienen que ver con la genética, sino también los socio-culturales.

Quizás tenga que ver con nuestros sentidos, pero aunque muchas veces lo intentemos evitar, todo lo que nos rodea nos afecta. Y es por ello, por lo que las personas, según donde hayan nacido, con quien se hayan educado y crecido, son de una manera u otra. Son innumerables los factores que pueden influir en el crecimiento de una persona desde su niñez, tantos como el día a día. De tener un buen año a tener un día muy malo, puede variar el como sea una persona el día de mañana. Podría decir algunos como; padres o tutores, amigos, barrio, malos tratos, etc. pero me seguiría quedando corto. Son pequeñas cosas de cada día que van definiendo la personalidad de la gente, sus gustos por una ropa u otra, por una música u otra, por una ideología u otra, por un carácter u otro, por una religión o por la ausencia de ella, … Es por ello, que quizás sea la sociedad en la que vivimos la que tenga la culpa muchas veces de las cosas que pasan. ¿Es algo incontrolable o inevitable?, no lo se, pero deberiamos tener más conciencia de ello. Quizás todos aquellos que seais psicólogos o psiquiatras tengais más conciencia de ello.

La verdad es que es un mundo realmente complejo de describir en unas cuantas frases o en pocas palabras, ya que muchas veces caemos también en el error de dejarnos influir por los prejuicios, por las cosas que nos hayan dicho de esa persona antes de conocerla, o por la ropa que lleve, o por los tatuajes o pendientes que lleve esa persona.

Para ir terminando, desde mi experiencia personal, he conocido muchos tipos de gente, y de varias culturas, y he de decir, que las que tienen un nivel cultural más alto y las más inocentonas o buenas, son las que más merecen la pena.

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