“Hemos quedado a las 22 h. en casa de Juan para cenar. Sangría o cervecitas, música y fiesta.” Eso decía el mensaje, para un sábado noche, el cual iba “rulando” de móvil en móvil. Aunque, bueno… al final íbamos a ser los de siempre; Carlos, Gabi, Juan y yo.
La cena era a las diez, se supone, pero Carlos, Gabi y yo, quedaríamos antes para comprar algo para beber… y cenar, por supuesto. Así que nos dirigimos al Popencor más cercano del piso de Juan, y allí llenamos dos cestas-carrito hasta los bordes. Olivas rellenas, papas varias, almendras, choricitos, sangría Señor Simón, vodka Absoluto, vodka rojo, etc, etc. ¡Vámos!, lo típico que se suele comprar para estos eventos… o más. De ahí, nos dirigimos a casa de Juan, que no quedaba muy lejos de allí. Cuando llegamos, tocamos al timbre… nada, que no había contestación. ¿Dónde estaría Juan? o ¿qué estaría haciendo?. Al final, con una perdida a su móvil, logramos oír su voz por el telefonillo; “subir por las escaleras, que el ascensor no va”. Lo que faltaba. Juan vivía en un octavo, y nosotros cargados con dos bolsas cada uno. Antes de llegar, exhaustos, como si hubiéramos acabado de subir el Tourmalet, ya podíamos apreciar el sonido de la música que Juan estaba escuchando. Al abrirnos, nos dijo que le perdonáramos, pero es que estaba hablando por teléfono, y con la música tan alta, no nos había oído. Parece ser, que le había llamado su primo, que podía hacer acto de presencia en el piso, a lo largo de la noche, con su novia y unas amigas de su novia. No tenía mala pinta la noche.
Juan se puso a cocinar, mientras Carlos y yo, hacíamos que la sangría Señor Simón, pegase todavía más fuerte de lo que ya pegaba. Solía salir siempre bien. ¿Sería por el azúcar?. No lo sé, pero mientras echábamos unas partiditas a la videoconsola, para ir haciendo tiempo, comenzamos a notar los efectos de la sangría que habíamos preparado. Y lo digo, porque cenamos a la vez que íbamos jugando, aunque alguno casi le pega un bocado al mando de la videoconsola en lugar de a un trozo de pizza. Y es que después de probar aquella sangría, igual sabía mejor el botón X de un mando, que un trozo de pepperoni.
Tomando café, y esperando a que me llegara el turno de jugar a la videoconsola, pensaba en una de las amigas de la novia del primo de Juan, que estarían ya a punto de llegar. Las conocíamos de haber coincidido alguna que otra vez antes, y ya me había fijado en ella, y en lo bien que me caía. Me preguntaba si vendría esta vez. Pero pronto saldría de dudas, ya que cuando me vine a dar cuenta, Juan estaba en el telefonillo, abriendo abajo.
Tocan el estridente timbre de la puerta de Juan, y pasan su primo con su novia, y sus amigas; Leonor, Sole, Bea y Marisa. Parece que había habido suerte, había venido Marisa, y seguía tan sonriente como siempre, además olía muy bien y me gustaba como había venido de arreglada. Puede ser que no pudiera disimular que me gustaba, y quizás lo hubiese notado pero… ¡qué más da!. Siempre tendría la excusa de la sangría.
A medida que avanzaba la noche, el tema de la videoconsola fue decayendo un poco. Leonor, Juan, su primo y la novia de su primo, estaban sentados en la mesa dialogando sobre temas varios, mientras disfrutaban de una copa de vodka, ya sea Absoluto o rojo. Carlos y Gabi seguían con la videoconsola, a la vez que Sole y Bea, preparaban unas copas en la cocina. Yo estaba sentado en el sofá con mi cubata en mano, y muy bien acompañado por Marisa. Era de las chicas más simpáticas que había conocido últimamente, por lo que estuvimos conversando durante bastante tiempo, mientras los hielos se iban deshaciendo en mi cubata poco a poco. No había habido ni un solo momento de tensión, por los silencios que se suelen producir en situaciones como esta, y eso era algo que me gustaba, que me hacía sentir bien. Ella me dijo que si le acompañaba a la cocina a ponerse hielo, ya que en la bolsa que había allí fuera solo quedaba agua. Por supuesto, fui. Allí estábamos los dos solos, Marisa; abriendo la puerta del congelador, como nunca nadie lo había hecho, y yo; completamente anonadado mirando como aquella belleza se ponía dos hielos en su vaso. Mientras se ponía otro cubata, seguimos hablando, recordando anécdotas de noches anteriores, hasta que hubo un momento que ninguno dijo nada. Sólo nos miramos a los ojos durante un momento. Los corazones se aceleraban. Ella se iba poniendo de puntillas a la vez que nuestras cabezas se acercaban… pero justo en ese momento entraban Carlos y Bea a la cocina a reponer sus vasos con hielo. Marisa cogió su cubata, y con una sonrisa se fue directa hacia el salón. Por una parte pensaba; en que mal momento habían llegado Carlos y Bea, pero por otra, me sentía bien. Así que me fui con mucho ánimo, a ver quien me echaba una partidita a la videoconsola. Es como si en esos momentos, me hubieran dado un Res Vull, porque sabía que a Marisa le gustaba yo, y la situación vivida en la cocina podría repetirse en un futuro cercano.
Me gustaba que Marisa me animara cuando me tocaba jugar a mí, aunque a veces se ponía a hablar con Sole y con Bea también. A Juan parece que tampoco le iba mal con Leonor, porque no paraba de hablar con ella en la mesa, junto a su primo y la novia de éste. Hasta que, entrada la madrugada, Juan nos propuso ir de fiesta a algún sitio a mover el esqueleto. Total que partimos todos en dos pares de coches. En uno; iban el primo de Juan y su novia, en otro; Carlos y Gabi, en otro; Marisa, Sole y Bea, y en el otro; Juan y yo. Nos encontraríamos todos en la pista de “pachanga”, POP, comercial, de la discoteca Window. Y dijimos en esa pista, porque la discoteca Window tiene varias pistas además de la ya mencionada. Tiene otra de Remember y otra de Rock.
Una vez dentro de la discoteca, y en la pista que habíamos dicho, nos encontramos casi todos. Y digo casi todos, porque aunque fuese algo ebrio, como todos los demás, todavía era capaz de distinguir que estaba Carlos, Gabi, Juan, su primo y la novia de éste. Por lo que estaba algo inquieto y ansioso, ya que Marisa, Sole y Bea aún no habían llegado. Aunque no había por qué preocuparse, porque aparecieron justo por detrás de mí. Marisa me tapó los ojos y me dijo: ¿quién soy?. Sabía que era ella; ¿quién iba a ser si no?. Le invité a pedirnos un cubata, y aceptó. Estuvimos bebiendo, hablando y bailando hasta más no poder. Nos sentamos en esos sofás tan cómodos, típicos de algunas discotecas, y hablamos sobre lo ocurrido en la cocina, riéndonos de cuando entraron Bea y Carlos. No podíamos parar de reír, no sé si por la sangría, por los cubatas o por otra cosa. De repente, parecía no oírse la música, parecía que no había más gente en la discoteca nada más que Marisa. Creo que ella sintió algo parecido. En ese preciso instante fue cuando nuestros labios se juntaron poco a poco, nuestros ojos se cerraron, y nos besamos apasionadamente. Pero había un pitido que no dejaba de repetirse constantemente; ¿qué sería?. Abrí los ojos y le di un toque al despertador para que dejara de sonar. Había sido todo un sueño de una siesta de verano. Pero todavía seguía oyendo un pitido, y eso que ya había apagado el puto despertador. Cogí mi móvil, y efectivamente, tenía un mensaje que decía: “Hemos quedado a las 22 h. en casa de Juan para cenar. Sangría o cervecitas, música y fiesta.”